La muchacha que no conocía el sabor de la sal

Era en aquellos tiempos en que nuestros antepasados se sacrificaban por la independencia del país.

La lucha por la libertad había sido iniciada por nuestros mayores, sin más base que su fervor patriótico, de tal modo que después de los primeros combates, los patriotas, sin recursos de ninguna clase, abandonaron la campaña regular, disolvieron sus ejércitos y se dispersaron por las montañas y los valles; pero, resueltos siempre a seguir defendiendo, aunque fuera por grupos, la sagrada causa de la emancipación.  Así se inició la famosa "guerra de los guerrilleros", de que el ilustre escritor argentino, General Bartolomé Mitre dijo, más o menos lo siguiente: "Cada valle, cada montaña, cada desfiladero, cada aldea es una republiqueta independiente que tiene su jefe, su bandera y sus campos de batalla".

Una de las más famosas fue la Republiqueta Larecaja, situada en las tierras del norte del actual departamento de La Paz.  Los defensores de esta Republiqueta, bajo las órdenes del abnegado sacerdote Ildefonso de las Muñecas, tuvieron días de gloria; pero, muerto el jefe y sus principales subalternos, los sobrevivientes, en su mayoría indígenas fueron sojuzgados y cruelmente perseguidos y hostilizados por los realistas, entre los cuales el que con mayor encarnizamiento los exterminaba era el jefe peruano, entonces al servicio de los españoles Agustín Gamarra, más tarde enemigo jurado de nuestra patria y que, como sabéis, pagó bien caro su odio a Bolivia en los campos de Ingavi.

La situación de los indios exguerilleros de la región de Apolo era tan desesperante, que al fin, uno de ellos, el más decidido, llamado José Pacha, reunió unas treinta familias de indios y, después de abandonar el pueblo de Aten donde vivían, se fueron tierra adentro a buscar un sitio seguro en lo más escondido de la selva virgen.

Después de varios días de camino, consiguieron llegar a una hondonada que ofrecía completa seguridad a los fugitivos, por estar completamente oculta por enormes rocas y tupido follaje.

Allí levantaron sus chozas los fugitivos con el firme propósito de vivir completamente aislados del resto del mundo, pues sólo a ese precio podrían estar tranquilos sin sufrir persecuciones.  José Pacha fue proclamado como el jefe supremo de la colonia y dictó las leyes que debían cumplir sus subordinados.  Sobre todo procuró evitar, por todos los medios posibles, el menor contacto con gentes de afuera, para lo cual, a la vez que estableció una severísima vigilancia al cuidado de cuerpos de centinelas de día y por la noche, amenazó con la pena de muerte al que siquiera intentara salir de la pequeña población.

Con estas y otras medidas los habitantes de la nueva aldea vivieron completamente felices, mientras la guerra de la independencia seguía ocasionando víctimas y ruinas incontables en el Alto Perú.  Nadie imaginaba que en medio de la tremenda lucha que agitaba todo el continente, existiera allí, perdida entre las soledades y las selvas, un lugar habitado por gente tranquila y apacible.

Pacha, como buen gobernante, se preocupó de dotar a su pueblo de los elementos más indispensables para su comodidad.  Sembró algodón para procurarse telas y vestidos; cultivó maíz, trigo, y papas para el alimento, en fin, procuró cuanto pudo proporcionar a su gente una vida sencilla pero confortable.

Lejos del rigor de la guerra y de los egoísmos y acechanzas de los pueblos grandes, el poblacho fue prosperando cada día más; las familias se fueron multiplicando, hasta parecer que se había formado una verdadera patria feliz.

Pacha, viejo ya, vivía satisfecho de su obra y, conociendo ya cual era el secreto de tanta dicha, no cesaba de predicar que jamás se permitiera relación alguna con el resto del mundo.

 

LA CURIOSIDAD DE UNA MUCHACHA

Una de las familias más felices del pueblito era la de Manuel Cito.  Se componía de éste, su mujer y una niña de trece años llamada Tiluca, muchacha soñadora y afecta a imaginar proyectos raros y temerarios.  Tenía, sobre todo, el defecto de ser extremadamente curiosa.  En lugar de dedicarse a sus inocentes juegos como los demás niños de la aldea, su constante afán era de ir u ocultarse entre los matorrales o detrás de las piedras, para escuchar desde allí la tertulia de los mayores.

Como resultado de este mal proceder, ella que nada sabía del resto del mundo y que hasta entonces creía que la tierra se reducía a la hondonada que rodeaba el poblacho, llegó a colegir que detrás del cerco de altas rocas y más allá del espeso bosque, existían otras gentes y otras tierras.

Desde entonces se despertó en su inquieto espíritu el deseo de conocer por sí misma todo aquello.

Cierto día en que, siguiendo su censurable costumbre, espiaba una tertulia, oyó contar a unos viejos el gusto sabroso que da la sal a los alimentos.  Ella que hasta entonces no conocía tal substancia, que no habían podido procurarse en la aldea, sintió una indecible ansia por probarla.  Inquieta y traviesa como era, no tardó en proponerse lo que a nadie se le había ocurrido.  Muy secretamente preparó su plan de fuga.

Resuelta a todo, un día comenzó a obrar.  Se cubrió todo el cuerpo con ramas hasta semejar una especie de mata silvestre y luego, tendida en tierra, inmóvil, esperó la noche. Al amparo de la oscuridad se fue arrastrando imperceptiblemente hacia la salida.  Más, a pesar de toda su sangre fría, se detuvo al ver que la guardia estaba en su puesto cuidando atentamente el paso que ella apetecía.  Desalentada la muchacha, aunque tenaz en su empeño estuvo allí observando durante largo tiempo, hasta que vino en su ayuda una casualidad.

Aquella noche los guardias estaban espiando el rastro de un inmenso jabalí que merodeaba por las cercanías.  Estando Tiluca en su escondite, el jabalí dejó oír sus gruñidos desde la espesura.  Los guardias avanzaron inmediatamente hacia ese lado; de esto se aprovechó la atrevida muchacha que se deslizó cuidadosamente por entre los peñascos del extremo opuesto de la salida.

Cuando se hubo alejado lo suficiente y se creyó fuera de peligro, dejó Tiluca su traje de ramas y enderezándose echó a correr febrilmente a través de esas tierras desconocidas, en pos del primer pueblo que encontrara a su paso.  Caminó leguas y leguas, hasta que el azar la llevó al pueblo de Aten, de donde precisamente habían salido antaño de sus compañeros de aldea.

Entró a Aten por una de sus callejuelas y fue preguntando a los vecinos si tenían sal.  Una mujer que tenía una especie de tienda de provisiones, le contestó que sí y le enseñó una gran cantidad de trozos de la codiciada substancia.  Tiluca, en cuanto vio la sal, lanzó una mirada placentera y codiciosa a la vez, por último, dio un salto y tomando el trozo:

  • Señora — le dijo a la mujer — ¿puede usted regalarme algunos trozos de esta golosina?

Sorprendida la mujer por semejante actitud, y aunque simpatizó con la rara muchacha, le respondió que ella era pobre, y que vivía con el fruto de su pequeño comercio y que sentía mucho no poder complacerla.

Como Tiluca no tenía dinero ni lo conocía, ni falta que hacía en la aldea, se quedó triste sin saber qué hacer.  De pronto se acordó que su padre le había colgado al cuello una pepita de oro nativo, y, pensando que aquello podría tener algún valor, se la ofreció a la dueña del negocio.

Esta, sin titubear, aceptó el cambio y entregó a Tiluca cuanta sal pudo llevarse escondida entre su vestido.

Tiluca, satisfecha y alegre emprendió el regreso.  Cuando llegó a los alrededores de su aldea aún no había cerrado la noche, por lo cual se escondió en un pequeño bosque a esperar queja obscuridad le proporcionara el momento propicio para introducirse en el poblacho.  En efecto, a eso de la medianoche, valiéndose de la misma astucia de la salida, sé cubrió de yerbas y logró, arrastrándose como una serpiente, burlar la vigilancia de los guardianes.

Cuando llegó a su casa, pudo convencerse, con gran contento, de que su ausencia no había sido notada por sus padres.  Tranquilizada ya, se preocupó de esconder debidamente el fruto de sus afanes en un agujero hecho al pie de un árbol.

Desde entonces, la pequeña, cada noche iba a ese sitio y extraía cuidadosamente y en secreto un trocito de sal para condimentar sus alimentos del día siguiente.  Y para que sus padres no lo supieran se lo anudaba en un extremo de su traje, cada vez que le servían el alimento.  Tiluca se alejaba de sus padres y disimuladamente sacaba un poco de sal y la echaba en su plato.

Pronto notaron sus padres, y aún los vecinos, que Tiluca comía con un apetito extraordinario, como jamás hasta entonces lo había hecho.  Muchas veces la madre la contemplaba asombrada y le preguntaba por qué saboreaba de tal manera esa insípida sopa de maíz.  La muchacha se enternecía y a punto estuvo en varias ocasiones de comunicarle su secreto; pero la idea de confesar su fuga la detenía.  Pues, sabía que sus mismos padres, en cumplimiento de las severas leyes de Pacha, no dudarían en acusarle públicamente.

Tiluca pasó así algunos meses, saboreando entre constantes zozobras su delicioso condimento, hasta que un día vio, con inmensa pena, que extraía del agujero el último trocito de sal.

 

EL VICIO FATAL

Terminada su pequeña provisión, la muchacha tuvo que resignarse a la antigua e insípida sopa.  Pero por más esfuerzos que hizo para acostumbrarse no pudo lograrlo.

Entonces sucedió algo muy raro a la vista de los padres de la niña.  Y era que la que antes devoraba con tanto deleite su comida, ahora al primer bocado, se estremecía y terminaba por arrojar repugnando el plato.

Como consecuencia de la falta de aumentación la muchacha fue extenuándose más y más hasta caer enferma y presa de uña fiebre delirante.

Los afligidos padres que amaban entrañablemente a la muchacha, se apresuraron a llamar al curandero.  Este acudió a ver a Tiluca, y, cuál no sería su asombro al oír entre los desvaríos del delirio, que la muchacha pedía sal con desesperado afán.

Este hecho fue inmediatamente puesto en conocimiento del severo Pacha.  El gobernador de la colonia que era hombre muy perspicaz, malició la culpa de Tiluca y desde entonces se propuso estar sobre aviso.

Entretanto, continuaba la postración de la enferma, siendo inútil cuanta medicina le dieron sus padres y parientes.

Una noche, Tiluca en su delirio soñó que volvía a salir del poblado en pos de sal.  Tanto le impresionó su sueño que despertó y pareció recobrar un tanto sus perdidas fuerzas.  Era todavía de noche.  Convencida de que sus padres dormían, tomó su ropa y se arrastró dificultosamente hacia afuera, cruzó a gatas la única callejuela del poblado y se dirigió a la salida.

Los centinelas dormían, pero la muchacha, cuando ya iba atrasponer el lindero, se traicionó a sí misma lanzando un lastimero quejido.  Al punto despertaron los guardias, prendieron a la fugitiva y la llevaron a presencia del gobernador.  Este, que ya presumía lo que habían pasado antes, quedó plenamente convencido de la falta de Tiluca.  La infeliz fue inmediatamente condenada a expiar su tremenda culpa.

Al amanecer, sin que aún los habitantes del poblado hubieran despertado.  Pacha y sus guardias procedieron a dar cumplimiento al suplicio.  Al pie del mismo árbol en que la desdichada había escondido antes su tesoro de sal fue cavada la fosa.  Tiluca que ya había perdido el conocimiento, fue sepultada en vida por sus inflexibles verdugos, tal como lo mandaba la ley.

Por orden terminante de Pacha se guardó el más absoluto secreto sobre el suplicio, no sólo para los padres de la víctima sino también para toda la población.

Cuando amaneció aquel día, los padres de Tiluca vieron con dolorosa sorpresa que el lecho de su hija estaba vacío.  Salieron en su busca por toda la aldea; pero nadie supo darles la más leve noticia.  Locos de pesar registraron todos los alrededores, pero con igual resultado.

 

EL MILAGRO DE LA SAL

Pasaron los días, y el dolor de los padres era más intenso.  Perdida toda esperanza para los dos viejos, y en el desvarío que les causaba su dolor inconsolable, iban a sentarse día y noche al pie del árbol favorito de la infortunada chiquilla y allí lloraban a su hija perdida, costumbre que les hizo una triste manía.

Hasta que un día se produjo el milagro. El césped que sombreaba la base del árbol comenzó a trasudar un líquido misterioso que, al evaporarse con el calor del sol, dejó sobre la superficie una capa blanca cristalizada.  Era sal pura.

No se supo si los huesos de la desgraciada chiquilla, por el ansia suprema de la muerta, sufrieron la mágica transformación, o si los raudales de lágrimas, vertidos por sus padres, realizaron la maravilla.  Acaso fueron las dos causas.  Pero, lo cierto es que los habitantes de la aldea tuvieron desde aquel día una fuente preciosa de sal que les sirvió para condimentar sus alimentos.

Más, ocurrió que un día la milagrosa fuente de sal desapareció.  Los habitantes acostumbrados a la exquisitez que tan caro había costado a Tíluca, ya no pudieron prescindir de la sal y pidieron al jefe salir de la aldea en pos de tan preciada substancia.

El jefe les negó el permiso rotundamente, pero, los pobladores, desde los centinelas hasta el último niño, abandonaron la aldea formando una larga caravana.

Llegaron al pueblo de Aten y allí supieron que en las tierras altoperuanas se había desarrollado sucesos transcendentales.  Los dominadores extranjeros habían sido arrojados y las gentes americanas vivían ya libres, bajo el amparo de una nueva patria.

* "Leyendas de mi tierra" de Antonio Díaz Villamil